El clamor de sangre
Prólogo
Fragmento oficial de la novela
Han pasado tres meses.
El tiempo se estira y se arruga como las páginas de un libro olvidado, amarillentas, cargadas de historias que el mundo ya no quiere recordar.
Nada ha sucedido.
Y, sin embargo, todo ha cambiado.
La esperanza no desaparece con estruendo. Se desgasta. Gota a gota, en un silencio tan lento que uno solo advierte su ausencia cuando ya no queda nada.
Desde las catacumbas, Gabriel continúa enviándonos visiones: fragmentos de algo que todavía no alcanzo a comprender del todo. Tal vez esa sea su manera de mantenernos en movimiento cuando el propósito empieza a desvanecerse.
Mateo desentraña secretos con su ingenio.
Tadeo provee armas que ya no sé si deseo empuñar. Rafael mantiene abiertas sus rutas.
Pedro y Juan permanecen a mi lado, como anclas frágiles en medio de una corriente que no deja de empujar.
El mundo sigue girando, indiferente.
Yo, en cambio, me siento ajeno, marcado por victorias que no se sienten como tales.
Hemos derrotado demonios en tierras lejanas. Algunas reliquias han vuelto a nuestras manos.
Aun así, no puedo evitar preguntarme si, con cada triunfo, no he-mos sellado algo más profundo que una simple victoria.
¿O solo avanzamos hacia un destino que ya no admite desvíos?
Las sombras se han aferrado a mí, y cada vez me resulta más difícil distinguir entre lo que es real y lo que no es más que un eco persistente de mi propia mente.
Cada batalla deja una grieta nueva.
Cada sacrificio arranca una parte de nosotros que jamás vuelve.
El vacío no llegó de golpe.
Se sentó a mi lado. Y nunca volvió a marcharse.
La pregunta regresa, obstinada, una y otra vez: ¿Vale la pena seguir? El tiempo no se detiene.
Cuatro reliquias aún nos eluden.
Cuatro generales demoníacos recorren el mundo, hambrientos, aguardando el momento de completar el ritual que abrirá el camino para el regreso de Lucifer.
Si lo logran, el infierno no golpeará la puerta. Simplemente entrará.
Y nosotros… ya no somos los mismos.
Porque, aunque no queramos admitirlo, cuando la oscuridad nos roza, deja marcas invisibles, pero igual de profundas.
Apenas somos sombras que avanzan dentro de una tormenta que no deja de crecer.
Aun así, sigo caminando. No sé si por convicción.
No sé si todavía puedo llamarlo fe.
Tal vez solo porque detenerme ya no es una opción.
Capítulo 1
Sombras de un nuevo amanecer
El sueño, que para muchos era reparador, para mí era el único lu-gar donde todavía encontraba resguardo. Allí no había misiones ni nombres.
Y ahora, me vigilaban. Debía despertar.
Debía continuar.
Abrí los ojos y la figura que nos observaba en aquel umbral todavía rondaba. Parpadeé y ya no estaba. Su imagen me perseguía como un presagio surgido del Petén; era imposible arrancarla de mi mente.
La luz que se filtraba por las ventanas maltrechas no consolaba. El día, como siempre, caía sobre mí con una opresión insoportable.
Otro día más de supervivencia en un mundo donde las glorias an-tiguas se habían desvanecido y la esperanza parecía haberse ido ha-cía siglos.
Me incorporé con pesadez, como si milenios de memoria tiraran de mis huesos. El tiempo no me tocaba, pero dejaba huellas en todo lo demás.
El café recalentado sabía a caucho quemado. El último cigarrillo del paquete ardía entre mis dedos mientras el sol se colaba entre per-sianas rotas, rasgando la oscuridad como una herida. El calor era insoportable; la humedad calaba hasta los huesos.
Sobre la mesa, las pistolas descansaban en silencio.
Todo estaba en ruinas: la casa, el cuerpo, la voluntad. Preguntarme si valía la pena significaba rendirme.
No podía. No ahora.
Las sirenas aullaban a lo lejos. Gritos, carreras, el caos cotidiano. La miseria humana se desplegaba ante mí como un espectáculo que ya no me sorprendía.
Decidí tomar una ducha. El agua helada me golpeaba con la vio-lencia de una condena. La frialdad me devolvió a la realidad, cortando la piel como un cuchillo, pero era un dolor necesario.
Lo que fui ya no importaba.
La crucifixión, la agonía, todo se fundía en la memoria como una pesadilla lejana.
Miré mis manos. Estaban limpias, pero sentía la sangre impregnada, aún tibia, presente. Las espinas de viejas enredaderas mordían mi carne: recuerdos de los pecados que elegí cargar. Las heridas antiguas no se iban. Las consecuencias tampoco.
Salí a la calle, y Pedro estaba afuera, como todos los días.
—Buenos días, Cael —dijo, alzando la mano en un saludo casi protocolar.
—Tan buenos como bañarse con pirañas —respondí sin mirarlo.
—Perdón… yo solo…
—Perdóname tú —lo corté, con la voz gélida—. Sigo viendo la maldita sombra. No me deja en paz.
No insistió. Sabía cuándo callar.
En la esquina, un hombre arrebató un bolso y echó a correr. A media carrera, chocó conmigo.
El impacto lo hizo trastabillar. Levantó la vista, listo para insultar o apuñalar a quien se le cruzara.
Abrí la gabardina sin apuro. Lo justo. Las armas brillaron un instante.
Sus ojos se agrandaron. Retrocedió y huyó sin mirar atrás.
Recogí el bolso del suelo y se lo devolví a la mujer. Me habló, me agradeció, quizá lloró, nunca lo supe.
No la escuché. Ya no estaba ahí.
La gente seguía caminando, como si nada.
La indiferencia era un veneno cruel que lo impregnaba todo. Regresé junto a Pedro.
—Otra rata que huye… —murmuré. El silencio duró apenas un instante.
—Hermano… —dijo al fin—. ¿Tuviste alguna noticia?
Abrí un nuevo paquete de cigarrillos con un gesto mecánico. Me pregunté cuánto tiempo más iba a poder seguir viviendo así.
—Gabriel tuvo una nueva visión —respondí—. Y creo que no son buenas noticias.
Me dijo que el mundo se partió en espejos líquidos. De ellos surgie-ron rostros —niña, anciano, guerrero— hasta fundirse en uno solo.
Oyó una voz, miles a la vez, y sentenció:
—No busques rostro ni nombre. Todos me pertenecen.
—¿Y eso qué significa? —murmuró Pedro, dando un paso atrás.
—Todavía no lo sé con certeza, pero tengo el presentimiento de que pronto lo sabremos.
El motor del auto rugió. Juan estaba al volante. Me lanzó una mirada rápida, cansada pero alerta.
—¿Vas a seguir jugando al héroe o ya podemos irnos? Gabriel dijo que tenía crucigramas para resolver, y sabes cómo me gustan esas cosas.
No pude evitar sonreír.
Mientras arrancábamos, la ciudad se desdibujaba tras la ventanilla.
La rutina volvía a envolvernos, pero esta vez algo era distinto.
Este es solo el comienzo.
El resto... no está aquí.
Fragmento de El clamor de sangre — G. R. Meneghetti