top of page

El Último Redentor: El camino del cazador

Prólogo

Fragmento oficial de la novela

En el principio no existía el tiempo.

Solo el Silencio.

Un vacío eterno, perfecto e inmóvil.

Hasta que el Creador habló.

Y su palabra fue luz.

 

De aquella primera palabra surgió el cosmos,

y con él, nacieron los ángeles.

Fueron creados de fuego puro y conciencia,

y cantaron al unísono en honor al Altísimo.

 

Había belleza en su existencia y gozo en su alabanza,

pues no conocían otra cosa que el fulgor del bien.

El Creador les dio forma y propósito.

Y cuando la luz se expandió más allá del velo,

la Tierra tomó su lugar entre los astros.

 

Entonces el Todopoderoso,

en un gesto de ternura insondable,

modeló al hombre con polvo y hálito divino.

Frágil, limitado, destinado a errar...

pero también dotado de libre albedrío.

 

Y los ángeles, aunque desconcertados

por la imperfección de aquella criatura,

alabaron al Creador.

Todos, menos uno.

Luzbel.

 

El primero entre ellos.

El más bello.

El portador de la aurora.

Él no comprendió por qué el Creador

amaría a una especie tan inferior ni por qué permitiría

que su Hijo descendiera al mundo encarnado

en un cuerpo perecedero para redimir

a quienes no merecían salvación.

 

Y no fue el único.

Otros compartieron su duda.

Algunos en silencio.

Otros con fervor.

Y cuando el Todopoderoso anunció el sacrificio de su Hijo,

el amor que mantenía unido el cielo... se quebró.

 

Fue entonces cuando estalló la guerra.

Una guerra entre hermanos,

tan antigua que ni el tiempo la recuerda.

Y el cielo… ardió.

 

Luzbel y sus seguidores fueron derrotados,

arrancados de la gloria y arrojados al Abismo.

Allí, entre gritos y sombras, erigieron un nuevo orden: un reino de perdición.

Siete generales, cada uno la manifestación de un vicio antiguo,

alzaron sus tronos sobre las ruinas de su caída.

Y sobre todos ellos, desde lo más profundo del infierno,

aguardaba Lucifer.

 

Libre del yugo.

Lejos del tormento.

En una espera perfecta.

Porque él sabía que el tiempo del retorno llegaría.

Y cuando ese día se alce sobre el mundo...

el fuego que una vez destruyó el cielo...

consumirá también la Tierra.

Pasaron milenios… hasta que se forjó la última profecía.

Cuando el polvo se alce en los pasajes del olvido,

una llama antigua cruzará el umbral de los vivos.

Sus pasos harán temblar las piedras,

y los que duermen bajo tierra despertarán sus nombres.

 

Uno a uno caerán los tronos del pecado,

las manos del cazador portarán la memoria del fuego,

y su nombre será un juicio.

 

Pero cuidado...

La salvación exige un tributo,

y no vencerá sin pagar el precio.

La sangre llama a la sangre,

y en lo profundo del pozo,

el Antiguo aguarda atento.

 

La victoria puede ser la llave…

y el final, el verdadero comienzo.

El Último Redentor caminará entre los hombres,

para contener el infierno con sus propias cicatrices.

Capítulo 1

Despertar en la oscuridad

​Todo era condena.

Allí estaba, inmóvil, en el epicentro del abismo, en la cámara más abyecta y prohibida del infierno. El aire era un veneno asfixiante, saturado con el acre hedor del azufre, un miasma tan denso que parecía capaz de calcinar los pulmones. Sin embargo, no era algo que pudiera preocuparme; después de todo, hacía mucho que había dejado de estar vivo.

Frente a mí se alzaba el Portal de la Ascensión, una abominación de proporciones ciclópeas, cuya apariencia combinaba un horror indescriptible con una aberrante majestuosidad. Su circunferencia, un arco descomunal de más de cien metros, estaba enmarcada por columnas de cuerpos humanos despedazados. Aquellas figuras antinaturales, mutiladas y a medio devorar, se retorcían sin descanso, exudando gemidos y lamentos desgarradores que reverberaban en la cámara como una sinfonía del tormento. Esta danza macabra no era otra cosa que el cumplimiento perpetuo de su castigo.

El “espejo” del portal no era más que sangre. Sangre que goteaba, que temblaba, que latía con un fulgor antinatural. Era la esencia vital de ángeles y hombres, derramada a lo largo de milenios de batallas innombrables. Aquella sustancia viviente parecía contener ecos de gritos y desesperación, como si su memoria se aferrara al dolor de quienes la habían perdido.

 

Bajo mis pies, la plataforma sobre la que estaba erguido era un mosaico grotesco formado por cabezas humanas. Sus rostros congelados en expresiones de espanto eterno, sus ojos opacos seguían cada uno de mis movimientos. Al posar mi pie sobre ellos, sus párpados se cerraban con resignación, y cada crujido bajo mi peso era un recordatorio de que incluso en la muerte, la condena no conocía fin.

Al aproximarme al núcleo del portal, el olor se volvió insoportable. Bajo la plataforma, demonios menores de formas grotescas y escurridizas celebraban un festín perpetuo. Arrojaban los restos pútridos de sus víctimas a lagos de fuego y roca fundida, generando un siseo que se mezclaba con los alaridos en un crescendo de locura.

En lo alto del gran aro del portal, brillaba una anomalía imposible: un cristal de hielo azul. Suspendido en un equilibrio profano, su resplandor espectral mantenía la sangre líquida, impidiendo su evaporación en el calor abrasador del abismo. Era como el corazón helado de un dios olvidado, latiendo por última vez en medio del infierno.

Sabía lo que me esperaba si cruzaba aquel umbral: el Primer Dolor. No era simple agonía. Era la refundición de un alma rota.

Sangre hecha hueso. Hueso hecho carne. Carne forjada en tormento.

Cada espasmo, una plegaria profana. Cada grito, un juramento. Y así, pagué el precio... para volver.

El mundo tembló al otro lado.

En las profundidades olvidadas bajo Budapest, en una sala sepulcral más antigua que cualquier mapa, las paredes de piedra comenzaron a vibrar con una frecuencia imposible. Las antorchas colgadas entre columnas romanas parpadearon, aunque no había viento. El silencio, espeso como brea, fue quebrado por un estruendo que no pertenecía a este mundo: un latido. Uno solo. Colosal. Primordial.

 

En el centro de la cámara, el círculo ritual tallado en el mármol comenzó a arder con una llama azul que no emitía calor. Las runas grabadas alrededor del perímetro se encendieron una a una, como si despertaran de un sueño milenario.

Gabriel aguardaba allí, de pie, con el rostro tenso y el alma agi- tada. Sus ojos, de un gris envejecido por siglos de espera, brillaban con el reflejo de un fuego que sólo los elegidos podían soportar. En su mano, el bastón de fresno que alguna vez llevó el anciano Ezequiel temblaba como si quisiera escapar.

Y entonces, el Portal se abrió.

Un remolino de llamas heladas brotó desde el centro del círculo. No devoraba el aire: lo expulsaba, lo rechazaba. La piedra crujía, gimiendo, presintiendo lo que estaba a punto de cruzar su umbral. Desde dentro de aquel vórtice, surgí, una silueta, primero apenas un contorno, luego un cuerpo que se formaba a sí mismo desde la nada: músculo sobre hueso, piel sobre músculo, luz sobre la oscuridad que lo precedía.

Entonces, emergí.

Mi cuerpo aún humeaba, cubierto por vestigios del ritual del abismo. Cada poro exhalaba calor, sentía que el fuego del infierno se negaba a soltarme del todo. Sentía cómo mis huesos se acomodaban bajo una carne recién formada, ajena, antigua y nueva al mismo tiempo. Mis ojos, no eran los de un hombre. Eran soles apagados, testigos de ruinas que ningún mortal podría imaginar sin perder la razón.

La piel que me envolvía tenía el tono pálido de la ceniza, como si el polvo de mil cuerpos quemados me hubiera sido injertado. Y alrededor de mí, la sombra. No como ausencia de luz, sino como una entidad viva que me seguía como un juramento incumplido.

Di un paso. Apenas uno.

 

Y la piedra bajo mis pies respondió. La llama azul que envolvía el círculo sagrado se extinguió con un suspiro largo, casi humano. El portal, aún vibrante, pareció contraerse como un corazón que da su último latido antes del silencio.

Fue entonces cuando lo vi. Gabriel.

Cayó de rodillas con una lentitud que no era teatral, sino reverente. Su cabeza se inclinó, y el temblor de su cuerpo delataba todo lo que contenía en el pecho: siglos de espera, de miedo, de fe que sangraba por no quebrarse. Lágrimas surcaron su rostro sin pudor alguno, como si aquel momento lavara sus dudas, sus culpas, su carga.

—Lo estaba esperando, mi Señor —susurró.

Su voz ya no era la de un ángel. Era la de un humano que había envejecido bajo el peso del tiempo, del dolor y de la esperanza.

No respondí de inmediato.

Di un segundo paso, más firme, aunque todavía torpe. Aún no me acostumbraba a este cuerpo: una prisión de carne reconstruida a partir de mi sacrificio, una máquina viviente hecha para contener fuego, pena y justicia.

Me acerqué a él, aún postrado.

El aire entre nosotros parecía cargado, como si todo el pasado hubiera estado esperando este instante para liberarse.

Extendí mi mano.

—Levántate, Gabriel —dije, con una voz que aún no me pertenecía del todo, áspera como roca recién nacida—. Ahora somos hermanos en una misma batalla. No me digas “Señor”. Solo llámame por mi nuevo nombre...

Hice una pausa. Fue un instante breve, pero todo pareció detenerse.

 

—Caelus. Con eso es suficiente.

Este es solo el comienzo.

El resto... no está aquí.

Fragmento de El Último Redentor: El camino del cazador — G. R. Meneghetti

bottom of page